En paraules de Patricia Heras, presonera del muntatge 4F, abans del suïcidi.

4F SUCE­SOS PARA NORMA­LES

 
Vier­nes 03–02–06



Alf y yo lleva­mos dos días locos de tala­so­te­ra­pia y entre cañi­tas univer­si­ta­rias, pasei­tos por el barrio de Gracia y cara­ji­llos pasa­mos el día sonri­endo.

Esta noche hemos quedado para ir a una mega­lo­party en la playa cuando salga de traba­jar con sus compañe­ros de curro.

Yo, como hay que soci­a­li­zar y estoy total­mente recu­pe­rada del catarro post fin de semana cumple­años de Mikela, voy loco­tró­nica perdida este fin de semana, que ya salí ayer con mis compañe­ras de clase para cele­brar el apro­bado de catalán.

Cuando volve­mos a casa nos encon­tra­mos a Diana, que acaba de volver de Atenas, y a Amie y Djuna que se van dentro de un rato a flamen­quear al Taller del Musics. Y entre maru­jeos y sonri­si­llas cañi­les se nos esca­pan un par de horas haci­endo el cabra por el hogar.

Parece que en esta ciudad me crece más rápido el pelo, no sé si será la hume­dad o el despen­dole de noches sin dormir que llevo desde que llegué aquí, aunque es solo una broma, como lo de las uñas, porque lo tengo tan oscuro que en cuanto mide unos centí­me­tros ya no se me ve la cabeza y parece que hubi­era crecido hasta el infi­nito y más allá. Como está bastante largo le pido a Diana que me lo corte un poco, como al tres o así, porque hace mucho frío y se me congela el melón. Mi gorro se inde­pen­dizó una noche y aún no ha regre­sa­do… Pero el peine de la maquina no nos lo permite y al final me lo corto como siem­pre, al ras.

Últi­ma­mente no paro de pensar en cuadra­dos blan­cos y negros, de hecho en cuanto saque algo de volun­tad de mi bolsi­llo pienso pintar así mi habi­ta­ción, como si fuera un tablero de ajedrez. Y en mi parra feliz se me ocurre decirle a Diana que me corte así un lado de la cabeza.

Cuando termina me parece abso­lu­ta­mente mara­vi­lloso el home­naje bromista a la victo­ria de las blan­cas. Así que más feliz que una perdiz con mi nuevo corte de pelo a lo Cindy Lauper, me pongo unos pira­ti­llas negros con mis zapa­tos de hebi­llas y unas cuan­tas redes ceñi­di­tas al cuerpo con mi nuevo suje­ta­dor de ejecu­tiva putón. Y hecha un pince­lito me preparo para discur­rir un poco por esta mágica ciudad…

Cena­mos en Els Tres Tombs Djuna, su novia, Amie, Diana y yo un montón de tapi­tas que nos cues­tan un pastur­rón. Esto en Madrid no pasa. Y sobre la una y cuarto me voy para la Bata a tomarme una copita hasta las 2:30 a.m. hora en que tengo que ir a reco­ger a Alf al Salero, el restau­rante del Borne donde trabaja.

Allí me encu­en­tro a un montón de gente y char­lo­teo un rati­llo mien­tras me tomo un cuba­ti­lla, enton­ces aparece Diana con ganas de guerra, que acaba de termi­nar los exáme­nes y últi­ma­mente ha salido muy poco.

Le cuento a nues­tra cama­rera favo­rita lo de la fiesta en la playa a ver si la lío un poco y se viene con noso­tras al evento, y al final me lío yo y se me pasa la hora dando botes como una loca.

Alf me manda un mensaje a las 2:34 para pregun­tarme que donde ando, ya tenía que estar allí, y como no me entero porque mi abrigo esta dentro de la barra me llama a las tres, es Elena la que contesta pero hay mucho follón yo no oigo nada y queda­mos en que me vuelve a llamar en diez minu­tos. Cuando conse­gui­mos hablar me explica que ya no vamos a la fiesta de la playa porque hay una fiesta más apete­ci­ble en el piso de unos amigos también en el Borne.

Al final liamos a Elena y a José Mari así que no llega­re­mos a la fiesta hasta que no se cierre la Bata, y entre risas y chupi­tos, reco­ge­mos, frega­mos, y limpi­a­mos.

A las 4:00 me manda otro mensaje Alfredo con la direc­ción de la casa, calle Mont­cada, portal anti­guo, tercer piso, en un pala­cete al lado del Museo Picaso y cinco minu­ti­llos después me manda otro para decir­nos que pregun­te­mos por un chico muy majo que se llama David.

Al final sali­mos del bar tardí­simo y cuando llega­mos por fin al lugar de la fiesta nos encon­tra­mos una finca anti­gua con un enorme patio inte­rior rode­ado de plan­tas y con unas esca­le­ras de piedra que me dejan anona­dada y claro esta, me pierdo

Es un pala­cete espec­ta­cu­lar, y todo el mundo lo conoce menos yo que voy descu­bri­endo la ciudad muy despa­cito. Son las 5:20 de la madru­gada y lo sé porque cuando llega­mos a la puerta la música esta muy alta y nadie nos oye tocar el timbre así que tengo que llamar a Alf para que nos abra mien­tras le vemos maru­jear por la enorme miri­lla dorada que posee la robus­tí­sima puerta que nos impide la entra­da…

El sarao resultó ser en un estu­dio diáfano bastante grande con suelos de madera y venta­na­les enor­mes pero al rati­llo de llegar cuando aún no habí­a­mos acabado si quiera la primera cerveza apare­ció la Guar­dia Urbana para impo­ner orden y paz y clau­su­rar amigá­ble­mente la reunión, así que multa y a bajar la música, y nos da rabia porque últi­ma­mente sucede esto con bastante frecu­en­cia y es una forma muy rápida y triste de acabar con la ciudad.

Nues­tro espí­ritu folcló­rico sigue aún así latente durante un buen rato y acaba­mos bailando macar­ra­das y mareán­do­nos mien­tras giro­te­a­mos como pose­sos a ritmo de paso­do­bles. Como mañana hemos quedado pronto en casa para comer con Muriel, Laura y Eli y se vienen también Elena y Majo deci­di­mos reti­rar­nos pron­tito a nues­tros aposen­tos porque sino va a coci­nar dentro de un rato Rita la Canta­ora.

Todos esta­mos conven­ci­dos de que eran las 6:30 a.m. pasa­das y entre que busca­mos los abri­gos, sali­mos de la casa, queda­mos con Elena, nos despe­di­mos de José Mari y de la compi de trabajo de Alf, y fuimos a reco­ger nues­tros respec­ti­vos vehí­cu­los pasa­ron al menos, mínimo, diez minu­tos. Nos diri­gi­mos a la calle Prin­cesa y cada uno toma una direc­ción noso­tros hacia Arc del Triunf, deben ser como las siete menos diez.

Alf y yo volve­mos para casa muy conten­tos, lo pasa­mos muy bien y nos reímos mucho, fue un día muy amable y tran­qui­lín y entre risas me lleva el nene a casa en bici por las oscu­ras y tran­qui­las calles de la ciudad.

Volve­mos coci­di­llos así que solta­mos carca­ja­das y no para­mos de hablar mien­tras saltan las marchas de la bici y nues­tros pies empi­e­zan a trope­zar. Yo voy como flotando que me encanta despla­zarme sobre ruedas por cual­quier ciudad y tan divina de la vida, encima, me voy liando un cigar­rito.

Es evidente que no vamos muy deprisa pero justo al girar la esquina de la calle Lluis Compañs, enfrente de los Juzga­dos perde­mos el equi­li­brio y, ploff!!, nos vamos los dos de cabeza al suelo.

No recu­erdo clara­mente como caímos, de repente comen­za­mos a tamba­le­ar­nos y un segundo después rodá­ba­mos por el suelo entre risas y dolor. No veo nada todo es muy confuso, Alf se tapa la cara con la bufanda y se sienta en el suelo, parece que sangra bastante y enton­ces apare­cen dos chicos que nos ofre­cen llamar a una ambu­lan­cia, a mi parece no dolerme nada y ni siqui­era me doy cuenta de que también sangro.

Los chicos, que parece salen de un coche que estaba delante nues­tro hacen la llamada y desa­pa­re­cen y mien­tras espe­ra­mos a que llegue la ambu­lan­cia con bastante angus­tia intento enca­de­nar la bici en alguna parte sin ningún éxito. Es la primera vez en mi vida que pongo barras de segu­ri­dad a un trasto de estos, en Madrid no se suele dejar la bici en la calle todo el mundo la sube a casa, y entre el estrés, la confu­sión y los nervios no hago más que dar vuel­tas a las diez mil llaves que Alf me ha dado.

Subo y bajo la calle varias veces pero no quiero agobiar al niño, no se encu­en­tra bien y como nos parece que la ambu­lan­cia tarda dema­si­ado vuelve a llamar al 061 para infor­marse, según el parte de la ambu­lan­cia la llamada se hace a las 7:00 a.m, .

La ambu­lan­cia no tarda mucho en apare­cer, mien­tras tanto consigo engan­char la barra de segu­ri­dad trasera, son otra vez dos chicos, Alfredo esta de suerte, y mien­tras le exami­nan yo a lo mío con la bici, cada vez más estresá.

En un momento dado se me acerca uno de los enfer­me­ros y me dice que le deje curarme enton­ces me toco la frente y veo sangre, el chaval me limpia el golpe y me ayuda a buscar un sitio para apar­car pero no hay ni siqui­era un árbol que sirva, así que con la barra de segu­ri­dad trasera engan­chada hago rodar la bici como puedo levantán­dola por detrás y la desplazo a la altura de la ambu­lan­cia. Se me ocurre pregun­tar qué hago, si me quedo allí con la bici y se llevan solo a Alfredo o qué y es enton­ces cuando nos dejan subir el trasto a la ambu­lan­cia, pues tras el examen deci­den llevar­nos al hospi­tal a coser la ceja de Alfredo y a radi­o­gra­fiar nues­tros cráneos, y vamos así dere­chi­tos al infi­erno.

Según el parte de ingreso del Hospi­tal del Mar ingre­sa­mos a las 7:38.

No sé si influi­ría el hecho de que de nuevo tuve que pele­arme con la bici y la barra de segu­ri­dad, aunque esta vez encon­tré apar­ca­mi­ento rápido, en la puerta de urgen­cias engan­chada a la barra que separa el carril de subida y bajada de vehí­cu­los.

Mira que he pisado hospi­ta­les… pues este se lleva la palma del cutre­río.

Nada más entrar acce­de­mos a una mini­sala de espera con 6 asien­tos donde nos colo­can y nos dejan espe­rar.

Alf esta sentado en una silla de ruedas y yo en una de plás­tico junto a la pared, solo se me ocurre cogerle de la mano para tratar de alivi­arle un poco, espe­ra­mos durante lo que parece una eter­ni­dad y me da tiempo así a ente­rarme de que los dos chicos que espe­ran junto a mi han tenido un acci­dente de coche del que no son respon­sa­bles aunque van bastante pues­tos, y el anci­ano de la otra silla de ruedas sufre algún tras­torno mental serio porque no para de gritar que le lleven al Hospi­tal del Mar.

Justo cuando empe­za­mos a perder el cono­ci­mi­ento nos hacen por fin pasar, sali­mos de oniria con bastante buen humor y baci­le­a­mos un rato con los cela­do­res sobre la ciru­gía esté­tica y el macramé, a ver como le deja la cara al niño…

Cuando por fin deci­den coserle me hacen salir fuera, la última imagen que tengo es la de Alf tumbado en la cami­lla con la cara hinchada y un reguero de sangre chor­reán­dole desde la ceja hasta la sien. Deben de ser las 8:30, lo sé porque en algún momento mire el reloj y pensé en nues­tra cita en la cocina de la una y media.

Ahora no se que hacer, nadie me dice nada, así que me vuelvo a la sala de espera de frea­kie town y me doy cuenta de que tengo ganas de orinar, por suerte el baño esta justo al lado de la mini­sala y no me pierdo en infi­ni­tos pasi­llos verdes por los que jamás sabría regre­sar. Cuando entro me miro la cara en el espejo y no parece que este tan mal, lo que más destaca es un bulto verdoso en la frente con herida incluida, pero nada más. Salgo del baño rauda y distra­ída, no sea que me vayan a llamar, y me doy de bruces con tres o cuatro urba­nos y tres chicos dete­ni­dos y espo­sa­dos de cara a la pared.

Me siento allí a espe­rar y los miro a todos con cierta curi­o­si­dad, los dete­ni­dos son jóve­nes, tienen pinta de punkies y están bastante desa­liña­dos, sucios y ensan­gren­ta­dos, podrían haber hecho cual­quier cosa. Y en los urba­nos me fijo poco por que no me moles­tan para vivir, y perdida en estas tesi­tu­ras ando cuando levanto la vista y veo al anci­ano senil hacerme señas para que me acer­que.

Imagino que estaba algo inco­moda porque me levante y me fui a mi anti­guo asiento sin rechis­tar. Allí encu­en­tro la enorme bufanda verde de Alf, que ahora esta llena de sangre, y cuando la tengo bien agar­rada entra un urbano y me ordena que salga fuera otra vez, me levanto con la bufanda en las manos y la dejo en un asiento junto a mi.



Hoy salí sin mi mini mochila, las navi­da­des fueron muy duras y ha sufrido bastan­tes desper­fec­tos, así que el urbano me chilla que me vacíe los enor­mes bolsi­llos de mi tres cuar­tos negro y le enseñe el conte­nido, y muy tran­qui­la­mente saco mi tabaco de liar, dos meche­ros, los guan­tes, la cartera, mis llaves de casa, las dos mil llaves de Alf, su tabaco de liar, varios flayers, y el móvil…me hace gracia que me regis­tren, me resulta curi­osa la situ­a­ción, me lo tomo con humor.

Cuando saco el móvil el madero más grande, el rubio de ojos claros con pinta de nazi me ordena de muy mala leche que le ponga el menú prin­ci­pal para ver mis mensa­jes. Comi­en­zan a pregun­tarme qué me ha pasado, de dónde vengo, con quién, y me piden la docu­men­ta­ción, les contesto y replico que pueden leer sin proble­mas los mensa­jes del móvil, no tengo nada que ocul­tar, pero me parece que no es legal, se cabrean.

Les comento lo de el acci­dente de bici, los testi­gos y la ambu­lan­cia, el rubio enorme me chilla que le enseñe los brazos, me levanto las mangas de la cami­seta pero debajo llevo las medias de red, me chilla que me quite esa mierda y le explico que tendría que quitarme toda la ropa, más cólera y cuando quiero darme cuenta están esposán­dome gritando -es ella la de los cuadros en la cabeza- flipo y no sé como reac­ci­o­nar, mi telé­fono es requi­sado y pasa a dispo­si­ción judi­cial.

Se me ocurre pregun­tar porque me deti­e­nen, me contes­tan que por un mensaje en el móvil, y de qué se me acusa y es enton­ces cuando real­mente me empi­ezo a preo­cu­par, estoy acusada de homi­ci­di­o…­todo se vuelve confuso, oigo gritos que me acusan de haber estado en la ocupa de Sant Pere y veo sus ojos desor­bi­ta­dos chillán­dome con la misma ira con la que me inter­ro­gan, alguien pregunta cómo puede haber tanta sangre en la bufanda de Alf, de quién es y cómo ha llegado hasta ella, mien­tras sali­va­zos rabi­o­sos salen dispa­ra­dos hacia mi rostro. De verdad que alucino y parece que nada de esto sea real, pero aún conservo la sangre fría y puedo contes­tar.

De repente me pregun­tan por mi compañero les digo que le están aten­di­endo en algún box y veo a uno de los urba­nos desa­pa­re­cer en su busca, ya no vuelvo a ver a Alfredo hasta que nos encon­tra­mos en el furgón, y se me ocurre pensar en el enorme susto que le van a dar.

Me llevan custo­di­ada y espo­sada a otra box donde no se me permite sentarme ni mirar en otra direc­ción que no sea la pared de enfrente a la altura de mi cara, estoy muy asus­tada y no paro de decir­les a todos que se trata de un error, nos hemos caído con la bici y lo pueden compro­bar a través de la infor­ma­ción que les doy pero nadie me hace caso y encima me hacen callar a gritos, putos gritos, se me llena la cabeza con cien­tos de gritos perdi­dos, me cago de miedo, me enfado y sin darme cuenta comi­en­zan a resba­lar lágri­mas descon­tro­la­das por mis meji­llas, pero solo agua apre­tada, ni un gesto más, y así estoy todo el día, sin poder parar de llorar.

Sigo espe­rando de pie durante lo que pare­cen de nuevo horas, al final aparece una enfer­mera que me limpia la herida de la frente y me pone en la ceja unos puntos de papel, me mira también la contu­sión de la rodi­lla y ya no me trata tan bien y con el mismo humor que cuando ingre­sa­mos, de hecho no dejan de desfi­lar cela­do­res que me miran como si de verdad hubi­era matado a alguien.

Tras la preca­ria revi­sión me dan el alta, los urba­nos me bambo­lean y empu­jan para sacarme de allí y llevarme al furgón que nos condu­cirá junto a Alf y los tres chicos dete­ni­dos a otro hospi­tal que tenga rayos X, en este no funci­o­nan.

No sé que hora es pero deben ser como las 10.30, aunque ya no tengo ninguna noción del tiempo, y mis manos están espo­sa­das a mi espalda por lo que no puedo mirar el reloj.



En el furgón nos sien­tan a los cinco en el suelo, no consigo ver a Alf, a él le sien­tan en la parte de delante y a mí me sien­tan detrás junto a un chico con rastas y barba bastante delgado que no debe de tener más de venti­cinco.

Los urba­nos nos orde­nan no tocar los asien­tos, por lo visto los acaban de tapi­zar y como la mierda que somos en este momento no tene­mos dere­cho ni ha rozar­los, el trayecto es bastante desa­gra­da­ble, no pode­mos agar­rar­nos a nada y con cada frenazo nos golpe­a­mos con los asien­tos y las barras de metal que compo­nen la estruc­tura inte­rior del vehí­culo.

Los urba­nos nos insul­tan, se mofan, y nos van rebe­lando pequeños deta­lles de lo ocur­rido a través de sus incri­mi­na­ci­o­nes que nos dan una ligera idea de cómo hemos llegado a esta situ­a­ción.

Parece que hubo una fiesta en la ocupa de Sant Pere mes baix y en un momento concreto se orga­nizo una bata­lla campal, un poli­cía resultó muerto y noso­tros, sabe diosa como, esta­mos impli­ca­dos en el follón.

Llega­mos al Hospi­tal de San Pau y tampoco funci­o­nan los rayos X así que empren­de­mos de nuevo la veloz marcha en busca del Hospi­tal de la Espe­ranza. Noso­tros sabe­mos lo que tene­mos pero los chava­les dete­ni­dos presen­tan un cuadro de lesi­o­nes bastante serio, aunque están tan acojo­na­dos como noso­tros y no se atre­ven ni a abrir la boca aunque sea para soltar un leve gemido de dolor. Los guar­dias se ríen, bromean, nos insul­tan y nos meten miedo llamán­do­nos asesi­nos.

Por fin llega­mos a la Espe­ranza, los urba­nos sacan a todos los chicos del furgón para radi­o­gra­fi­ar­los y a mi me dejan allí sola con dos guar­dias, sentada en el suelo suje­tando con fuerza la bufanda de Alf y soltando lagri­mo­nes sin parar, sin hacer el menor ruido. Como me dieron el alta en el Hospi­tal del Mar no hay radi­o­gra­fía para mí, a pesar de tener un buen chichón amora­tado en la cabeza.

Y allí me quedo durante quizás dos horas sentada con las pier­nas cruza­das, los asien­tos no me permi­ten poder­las esti­rar. Y muerta de frío, llevo el abrigo abierto y no me lo puedo abro­char, aún así tiro del cuello con los dien­tes por si consigo cerrarlo un poco, los urba­nos dejan la puerta abierta porque no paran de entra y salir a por cafés y comida, al pare­cer tienen hambre y muchas ganas de irse a descan­sar. Todo el que pase por las inme­di­a­ci­o­nes de urgen­cias puede mirarme y juzgar, siento sobre mí el peso de varios ojos y las mira­das de miedo al ver a una delin­cu­ente espo­sada y dete­nida, no puedo evitar pensar en mi primera reac­ción cuando vi a los dete­ni­dos en el hospi­tal y lagri­mo­nes descon­so­la­dos siguen resba­lando por mis meji­llas.

Pasa el tiempo y al final me dejan sola con un urbano que se sienta a mi lado en la parte trasera del vehí­culo, cierra la puerta y me da la sensa­ción de que trata de dormi­tar, noto que me clavo algo quizás su pistola o su porra aunque no lo tengo claro, no tengo dere­cho a levan­tar la cabeza y mucho menos a hablar, se me mezclan las lagri­mas con los mocos y no me queda más reme­dio que limpi­arme con la rodi­lla del panta­lón y el cuello del abrigo, no quiero ahogarme ni moles­tar.

El tiempo pasa despa­cio, me duelen los brazos de estar tanto tiempo espo­sada, a veces siento las pier­nas entu­me­ci­das y trato de cambiar como puedo de posi­ción para evitar un dolor mayor, solo falta­ría que me diera un tirón, y no consigo parar de moquear.

Al fin oigo ruido y se abre de golpe el portón de la lechera, como las llama­mos en Madrid, el sol entra a borbo­to­nes y por un segundo me quedo ciega. Cuando veo apare­cer a Alf se me hiela la sangre, tiene media cara hinchada y un ojo amora­tado, le han dado puntos en la ceja dere­cha y parece bastante asus­tado, esta vez le sien­tan o más bien le tiran a mi lado y puedo pregun­tarle bajito aún a riesgo de llevarme una hostia cómo esta, aunque no nece­sita contes­tarme puedo verlo en sus ojos.



Vuel­ven a orde­nar­nos callar y cuando han subido todos el furgón vuelve a empren­der su frené­tica marcha, el chico que estaba sentado antes a mi lado lleva los dos brazos escayo­la­dos y suje­tos con las espo­sas y a los otros dos chava­les no los puedo recor­dar.

El urbano que conduce parece bastante alte­rado se salta constán­te­mente los semá­fo­ros y el que tiene pinta de jefe le recri­mina entre risas. De repente el poli que va de pie junto a Alf y yo, el que parece Torrente, se tira un pedo que es acogido con un alegre jolgo­rio entre sus compañe­ros.

No tene­mos idea de a donde nos llevan pero puedo ver el Mercado de la Boque­ría desde la ventana, en un par de minu­tos esta­mos en la comi­sa­ría de la Rambla, creo que son las 12:30 pero no estoy muy segura.

El furgón se deti­ene y nos hacen bajar a todos a empu­jo­nes, tiro­nean de noso­tros hasta llevar­nos dentro de la comi­sa­ría, ni por un solo momento se nos ha ocur­rido resis­tir­nos.

Allí nos ponen en fila y nos quitan todos nues­tros obje­tos, cintu­rón, forro polar del cuello, pinchos de sili­cona verde, anillos, y por supu­esto el abrigo, el resto de cosas aún están en mis bolsi­llos, me quedo pues en cami­seta.



Proce­den a cache­ar­nos.

Me sepa­ran del resto y me meten en un cuarto con una urbana, por primera vez en al menos 4 horas me quitan las espo­sas. Allí, fuera cami­seta y lío con las redes, una de ellas la llevo por debajo del suje­ta­dor, truqui­llos para que no se bajen los hombros, así que el stre­ap­teas fue de lo más erótico festivo en toda su bruta­li­dad y surre­a­lismo, no lo paso dema­si­ado mal, al menos no me pega y no me grita mucho, evito mirarla a la cara no quiero leer lo que escribe su rostro.

Tras el cacheo me vuel­ven a espo­sar y por primera vez en mi vida me meten en una celda, sola.

Todo sigue siendo muy confuso la celda parece una habi­ta­ción de mani­co­mio, muy ilumi­nada y muy blanca.

No me siento, me quedo en cucli­llas sobre la grada que hace de asiento y cama, no sé muy bien que pensar, estoy furi­osa y me siento secu­es­trada, estoy furi­osa y me siento secu­es­trada, estoy muy asus­tada, no me lo puedo creer.

No parece que pase mucho tiempo, quince o veinte minu­tos, pero quién sabe, abren la puerta de la nevera que me custo­dia y otra vez me vuel­ven a espo­sar, soy la primera en salir y veo como sacan al chico de los brazos rotos, ni siqui­era sé sus nombres, le golpean y le dan pata­das, me quedo loca.

El sigui­ente es Alf le ponen a mi lado, le insul­tan y le dan una patada, se me desen­caja la cara y miro fija­mente al poli­cía agre­sor, me mira, no dice nada. Traen al sigui­ente, más de lo mismo…es­ta­mos los cinco en fila nos chillan, nos insul­tan, nos llaman asesi­nos y nos amena­zan.

Parece que ahora van a leer­nos nues­tros dere­chos que consis­ten en tener un abogado propio o de oficio, me chillan que lea un papel con la lista de mis perte­nen­cias, pero no puedo leer y me gritan que lo firme.

El rubio gigante me dice que me quite el reloj, nunca más vuelvo a verlo, con la de cosas que habí­a­mos hecho juntos y la de mares que nos acom­paña­ron…

Lo más suave para refe­rirse a mi persona es guarra y punki de mierda, de repente miro un cubo enorme de basura y veo allí algu­nas de mis cosas, los guan­tes, mi tabaco, el tabaco de Alf y la cajita de metal de los Freak brot­hers que me regaló Diana hace un millón de años. El urbano que se tiró el pedo en nues­tra cara, el mismo que pateo e insulto a Alf me dice que ha encon­trado hachis en mi tabaco, será una multa de tres­ci­en­tos euros o unos días más en la condena que por supu­esto me va a caer, me explica muy amable­mente mien­tras sonríe. No puedo callarme y le pregunto por qué están mis cosas en la basura, le pido por favor mi caja, es un regalo anti­guo, por detrás me gritan que me calle, alguien me agarra y me arras­tran de nuevo a un furgón.

Vuel­ven a tras­la­dar­nos, esta vez ya no es un furgón de la urbana, parece una puta pelí­cula, nos meten en un furgón de dete­ni­dos como los que salen en el tele­di­a­rio, el mons­truo es de metal por dentro, inclui­dos los bancos donde nos tene­mos que sentar espo­sa­dos, aquí no nos pode­mos agar­rar a nada así que con cada curva y frenazo o acele­rón nos bambo­le­a­mos como mari­o­ne­tas rotas, el silen­cio y los nervios se masti­can y todos respi­ra­mos miedo.

En la parte alta del furgón hay una ventana pequeña veo tumbas en una colina, tiene que ser el cemen­te­rio de Mont­juit, nunca he estado pero paso en auto­bús por allí cada vez que vuelvo a Madrid…

Cuando termina el trayecto llega­mos a otro lugar, no tene­mos ni idea de a donde nos llevan, se abre el portón del furgón y hacen bajar a tres de los dete­ni­dos entre ellos a Alfredo, de nuevo empu­jo­nes, gritos y amena­zas, se cierra el portón. Me quedo allí con el chaval más mayor, 25 años, y espe­ra­mos un rato sin hablar hasta que vienen a buscar­nos, nos mira­mos, pero no deci­mos nada.

Ahora esta­mos en manos de los Mossos de escu­a­dra, nos meten en otro edifi­cio, baja­mos unas esca­le­ras, nos sepa­ran, llega­mos a una sala bastante ilumi­nada con un montón de poli­cías, me apoyan en una pared y todos me miran, uno de ellos me llama engen­dro de mujer, por dentro me cago en su madre.

De repente aparece un tipo con un pasa­mon­tañas tapán­dole la cara y cámara en mano me empi­eza a grabar, tarda unos minu­tos en robarme el alma y cuando termina de filmarme de arriba abajo con todo lujo de deta­lles me da por hablar.

De nuevo les explico que todo es un error que noso­tros hemos tenido un acci­dente en bici y los urba­nos nos han secu­es­trado en el Hospi­tal del Mar, no somos okupas, tene­mos casa, estu­dios, traba­jos y además testi­gos del acci­dente, se ríen y me dicen que ya se verá de muy mala leche, al menos el urbano rubio que me tiene acojo­nada y me robo el reloj, ya no está.

Pregunto donde esta­mos y alguien me dice que en la comi­sa­ría de Sans, perma­nezco un buen rato de pie apoyada contra la pared y hablando sin parar, de repente me muevo y apri­eto un inter­rup­tor con la cabeza, es el inter­fono que comu­nica con la parte supe­rior de la comi­sa­ría, me quedo blanca del susto pero por suerte mi error no genera violen­cia, solo algún insulto.

Tras un buen rato en la misma posi­ción obser­vada por muchos poli­cías fumando me llevan a una sala anexa donde una Mossa procede de nuevo a cache­arme, y de paso apro­ve­cha para criti­car mi aspecto preguntán­dome cómo tengo el valor de llevar por cami­seta unas medias de reji­lla…, esta vez me quita el suje­ta­dor, el pendi­ente de la oreja y lo poco que queda en los bolsi­llos de mi panta­lón, un cigarro liado y dos flyers. Me dice que lo pondrá con el resto de mis perte­nen­cias, pienso que hay cosas que seguro no volveré a ver.

Por lo demás el proce­di­mi­ento no difi­ere al ante­rior, fuera zapa­tos, redes y cami­se­tas, abajo panta­lo­nes, bragas y calce­ti­nes, …hace frío.

Cuando termina la inspec­ción, de nuevo tengo suerte y nadie me mete el dedo en el culo, me visto, la chica me esposa y me saca de allí.



Perma­nezco unos minu­tos en el pasi­llo hasta que dos de los poli­cías me tele­trans­por­tan,

yo ya no ando, floto, y al fondo de la sala, en una esquina descu­bro mi nueva vivi­enda de protec­ción oficial. Abren la puerta, me quitan las espo­sas y me empu­jan dentro.



Tene­mos dere­cho a dar un telé­fono de contacto para que se avise de nues­tro delito y para­dero, me piden un número, joder, no recu­erdo el número de casa, me quedo en blanco, me reco­mi­en­dan que de el de mis padres, es mejor, -me dicen-, que no se ente­ren por las noti­cias de que hemos matado a un poli­cía, -ni loca- pienso, así que me viene un número a la cabeza lo suelto del tirón y que sea lo que diosa quiera.

Madre!!!!, me doy cuenta de que me volví un poco desas­tre, aunque la verdad, solo llevo 4 meses aquí y nunca me llamo y como lo llevo en el móvil apun­tado pues no lo tengo que memo­ri­zar y pienso en los incon­ve­ni­en­tes de la era de la tele­co­mu­ni­ca­ción y me viene como siem­pre a la cabeza esa canción de Alas­ka…la cien­cia avanza pero yo no…pero estoy muy triste para recor­dar y se me esca­pan otra vez los lagri­mo­nes.



Lo primero que destaca en mi primera impre­sión es el espan­toso color rosa de las pare­des, a juego con el azul marino de los barro­tes, y el fétido olor prove­ni­ente del agujero de metal que hace las veces de bater. Una grada de piedra y por suerte una colcho­neta azul y unas mantas confor­man el resto del mobi­li­a­rio, todo esta sucio y lleno de sangre, las pare­des, las mantas, el suelo y hay bastan­tes bichos muer­tos.

Me siento en la grada sobre la piedra y me apoyo en la pared, no se qué hacer estoy flipada y me quedo empa­nada mirando las pare­des de mi celda de acusada de homi­ci­dio. No tengo idea de que hora será, no hemos comido ni dormido pero no noto cansan­cio, solo miedo.

El tiempo se me escapa sentada en la misma posi­ción. Observo con toda la paci­en­cia del mundo el inte­rior de mi celda, no sé cuanto tiempo esta­re­mos aquí, sigo sin parar de llorar.

Pasa un rato, dos horas, cuarenta minu­tos…, tengo frío, estoy cansada, venzo el asco que me dan las mantas que hay junto a mí y me enro­llo en la que parece menos sucia, solo falta­ría que pillara alguna enfer­me­dad de la piel…

Me tumbo en la colcho­neta y miro los bichos muer­tos que hay a mí alre­de­dor, imagino que será el cansan­cio y el estrés pero parece que algu­nos se mueven, lo que faltaba.

Y así me quedo, tumbada durante horas en la misma posi­ción con los ojos abier­tos como platos y pensando, y entre deli­rio y deli­rio noto dolo­res de ovula­ción. Inocente de mi pienso que será el estó­mago vacío… pero que va, me viene la regla, la madre que me parió y yo sin espi­di­fen, joder que día!.

Me quedo espe­rando de pie y cuando pasa la poli­cía chica le cuento la viñeta y le suplico un tampón o una compresa, me dice que se lo va a pedir a una compañera arriba, nunca más vuelve.

Me acuesto de lado y pienso que me voy a poner perdida, en fin como me tengan que volver a cache­ar… y me pierdo una vez más en atóni­tos desva­ríos, creo que nunca fui tan cons­ci­ente de la reali­dad, y duele.



De nuevo se escapa el tiempo a su antojo hasta que se oyen voces que avisan que por fin nos traen algo de comer, me siento en la grada a espe­rar. Apare­cen dos poli­cías portando lo que llaman nues­tra cena, deduzco pues que han pasado muchas horas y pienso que hoy no salgo de aquí. Descu­bro además que tengo veci­nas de celda, dos chicas, pero no sé porque estarán aquí, parece que una de ellas esta dormida, el poli dice a gritos que si no se levanta no hay comida, su compañera de celda la consi­gue desper­tar.

La cena, después de todo el día sin comer, consiste en un sánd­wich de máquina de inde­ter­mi­nado sabor que un urbano intro­duce sin carcasa entre los barro­tes de las celdas, al menos se ha puesto un guante de plás­tico. Espero levan­tada a que llegue mi turno, se acer­can y me orde­nan que coja mi cena, cuando se van me tumbo de nuevo y me lo como despa­cio, no tengo hambre.

Cuando termino cierro los ojos pero no duermo, supongo que nadie esta noche, cada vez que pasa un poli­cía haci­endo la ronda no puedo evitar mirar y así toda la noche, con bichos muer­tos que se mueven, manchas que pare­cen cosas, gritos, lágri­mas y pesa­di­llas.

Al final en algún momento creo que me dormí pero me sobre­salte tantas veces que dudo que fuera un sueño profundo, ahora sé que con miedo no sé puede dormir, el cuerpo está alerta.

La noche es larga y mi lado izqui­erdo esta total­mente sini­es­trado.

Vuelvo a oír jaleo, un poli­cía se acerca y pregunta si quiero desayu­nar, ya debe ser domingo.

El desayuno consiste en un café de máquina, solo y sin azúcar, y una valen­ci­ana, por fin también nos ofre­cen un mini vaso de agua, del tamaño del café, tengo suerte mi agua no es del bater. Me orde­nan a gritos que cuando acabe deje los vasos enca­ja­dos en los barro­tes tal y como ellos los colo­can.

Me parece el mejor desayuno del mundo, me encan­tan las magda­le­nas pero me han desper­tado a gritos, así que se me atra­ganta el café.

Noto los ojos hincha­dos y se me ocurre que será de llorar, me toque­teo el ojo izqui­erdo y lo noto blan­dito, mis veci­nas de celda están junto a los barro­tes así que nos salu­da­mos y presen­ta­mos y de paso les pregunto qué aspecto tiene mi cara, va a ser que no es de la llore­ra…

Al rato vienen dos guar­dias y me sacan de la celda, vuel­ven a espo­sarme y me colo­can delante de una puerta, la misma sala donde me cache­a­ron ayer. Esta vez van a tomarme las huellas, y digo las huellas porque fueron abso­lu­ta­mente todos los dedos, también nece­si­tan las palmas así que de nuevo he de quitarme la cami­seta medias, los polis se cabrean pero hay suerte y una chica entre ellos así que salen todos y procedo otra vez a desnu­darme. Apro­ve­cho para decirle a la chica que estoy con la regla desde ayer y que nadie me ha traído un tampón o una compresa, y me explica como si le sorpren­di­era que no están permi­ti­dos los tampo­nes en prisión, ya inten­tará conse­guirme una compresa. Nunca más vuelvo a verla.

Paso un buen rato con el trajín de las huellas, el tipo que espa­churra mis dedos contra las fichas no anda muy dies­tro y hemos de repe­tir algu­nos dedos, cuando fina­liza su labor me dice que me lave las manos pero no hay jabón en el bote y el agua esta helada así que la tinta no desa­pa­rece.

Otra vez espo­sada y vuelta a mi acoge­dor hogar, me duelen las cade­ras del colchón piedra, no hay nada que hacer así que vuelvo a tumbarme a espe­rar mien­tras los Mossos cogen las huellas de todos los demás, yo no puedo verlo pero cada vez que sacan a alguno de los chicos vuel­ven las pali­zas.

Al rato vuel­ven a sacarme de la celda y vuel­ven a tomarme huellas, esta vez también me foto­gra­fían con un nume­rito debajo en todas las posi­ci­o­nes posi­bles, de frente, de lado y en ángulo de 45 grados, todo esto ameni­zado con gritos y tiro­neos corpo­ra­les varios. Y vuelta al agujero.

En algún momento de lo que debe ser la mañana se acer­can a mi celda dos poli­cías, chico y chica, me pregun­tan si me han leído mis dere­chos, les respondo que no, solo me han dicho que tengo dere­cho a un abogado, les resulto graci­osa, ese es nues­tro dere­cho además de un telé­fono de contacto. Apro­ve­cho para decirle a la chica que no recu­erdo bien mi número que lo contras­ten con el que Alf ha dado a ver si coin­ci­den, si no, les doy otro número para que avisen a alguien. Nunca más vuelvo a verla.

Al menos me dicen que me asig­nan un abogado de oficio y de paso me entero de que sólo pueden dete­ner­nos un máximo de 72 horas luego pasa­re­mos a dispo­si­ción judi­cial donde se deter­mi­nara si sali­mos en liber­tad o vamos a la cárcel, no debe­mos olvi­dar que hemos asesi­nado a un poli­cía. Insisto en contar­les la histo­ria de nues­tro acci­dente, no es rele­vante.

Mis proble­mas con la regla aún no se han solu­ci­o­nado así que cuando veo al urbano que me llamo engen­dro le cuento de nuevo la histo­ria, parece dispu­esto a echarme una mano y al rato, una hora, dos o tres después aparece con varios frag­men­tos de papel de cocina, bueno, menos da una piedra…

El tiempo pasa despa­cio igual que la plan­ti­lla completa de Mossos de escu­a­dra de Barce­lona que desfila cons­tan­te­mente por nues­tras celdas para quedarse con nues­tras caras de asesi­nos, insul­tar­nos y amena­zar­nos.



Hoy estoy mejor que ayer y enta­blo conver­sa­ción con mis veci­nas de celda a ver si me entero de algo.

Resul­tan ser dos chicas muy simpá­ti­cas que esta­ban en la fiesta de Sant Pere y fueron dete­ni­das alea­to­ri­a­mente cuando salían de la casa, han tenido suerte y tampoco las han agre­dido en exceso, lo normal, porra­zos y empu­jo­nes.

Una de ellas es de Barce­lona y era la primera vez que iba a una rave okupa, la otra nena es alemana, tiene 29 y esta algo más curtida en el tema, además es la novia de uno de los dete­ni­dos. Las niñas han dormido sin colchón y sin manta. Me cuen­tan que salían de la okupa sobre las seis da la mañana y que hubo algo de follón porque la gente se quería ir y la puerta estaba cerrada así que en un momento dado alguien la abrió y sali­e­ron todos en estam­pida para encon­trarse de bruces con una agitada guar­dia urbana, y hala, a correr…­re­sul­tado: paliza, deten­ción y al cala­bozo de cabeza sin ninguna expli­ca­ción.

Les cuento nues­tra histo­ria y no dan crédito, de paso me dicen que no me toque el ojo… esta muy hinchado, parece que me hallan dado un puñe­tazo de verdad.

Como parece que pode­mos comu­ni­car­nos sin problema ya no para­mos de hablar en todo el día, es la mejor forma de matar el tiempo y tratar de olvi­dar un poco la situ­a­ción que nos atrapa.

El madero que me llamó engen­dro se anima y se une a nues­tras conver­sa­ci­o­nes varias veces, bási­ca­mente le tira los tras­tos a la chica alemana, el tipo flir­tea y de paso apro­ve­cha para criti­car sin pudor nues­tra supu­esta forma de vida y nues­tro aspecto, y en su infi­nita sabi­du­ría nos da hasta algún consejo de belleza, léase conse­jos de pelu­que­ría.

En fin, mucho de pelu­que­ría y luego no saben distin­guir entre una sini­es­tra y una punky y eso que hace unos añitos el estado se gasto su dine­rito en instruir a nues­tra poli­cía en tribus urba­nas, o fue en secre­tos de belle­za…



En algún momento del día, se nos comu­nica que los aboga­dos de oficio que hemos soli­ci­tado están apunto de llegar, hemos de deci­dir si quere­mos o no decla­rar. Me conta­ras que sabré yo lo que es mejor, si decla­rar o no. Ahora pienso lo bien que me habría venido ver alguna de esas pelí­cu­las sobre juicios y menos cien­cia ficci­ón…, no, si ya me lo decía mi madre.

Vuelve a fluir el tiempo a su antojo hasta que dos Mossos me orde­nan acer­carme a la puerta de mi celda para espo­sarme, sacarme y llevarme ante mi abogado. Me llevan a una habi­ta­ción muy cerca del mostra­dor donde se sien­tan entre otras cosas a fumar los Mossos que están de guar­dia, allí están mi abogado y dos poli­cías más, uno de ellos sentado ante una maquina de escri­bir.

Me pregun­tan si quiero decla­rar, según los Mossos y los polis que vini­e­ron a leer­nos nues­tros dere­chos es mejor que no declare porque todo lo que diga aquí voy a tener que repe­tirlo ante el juez y lo único que va a hacer es alar­gar más el proceso, así que decido no hacerlo, me pregun­tan de nuevo algu­nos datos y me dejan sola con mi abogado.

Al fin veo un poco de luci­dez en el asunto, procedo a expli­carle con pelos y seña­les todo lo acon­te­cido hasta el momento y apro­ve­cho para pedirle un cigarro, llevo al menos dos días sin fumar, que por supu­esto no tiene y que si tuvi­era tampoco me podría dar, aquí esta prohi­bido fumar.

Parece que alguien me toma en serio por primera vez y además me entero con certeza de lo que ha pasado, me tran­qui­liza pero de momento parece que no nos lleva­ran a decla­rar hasta el lunes.

Tras el trajín matu­tino de huellas, fotos y decla­ra­ci­o­nes vuel­ven a darnos de comer, otro sánd­wich de sabor inde­ter­mi­nado y un vasito de agua, ah! y un poco de papel de cocina, no se me vaya a olvi­dar…

Las horas pasan despa­cio, los Mossos pasan despa­cio, la vida se deti­ene para noso­tros.



El madero experto en trucos de belleza insiste en parlo­tear con noso­tras y seguir vaci­lando con la chica alemana, de paso ha apro­ve­chado para regis­trar entre sus perte­nen­cias y quedarse con una foto que saco de su cartera, me muero de asco, me retiro de los barro­tes de mi celda y me siento al fondo, donde no pueda verle …pero me insta a acer­carme y no me queda mas reme­dio que tragar, con todo su valor me pregunta que opino de la poli­cía…,esto, mejor no lo escribo.



Nos comen­tan que en el exte­rior de la comi­sa­ría se ha congre­gado un grupo de guar­ros como noso­tros para apoyar nues­tra causa. En algún momento se acerca un poli­cía a mi celda y me dice que mi padre esta en la comi­sa­ría, ha venido a traerme compre­sas, alucino en colo­res y no me lo puedo creer, el poli dice que se habrá ente­rado por las noti­cias y habrá cogido un avión…el alma se me cae a los pies…



Final­mente no es mi padre, es el de una de las compañe­ras, el hombre que en algún momento de su vida también fue dete­nido injus­ta­mente trae ropa limpia y compre­sas gracias a la infor­ma­ción de los aboga­dos.

Mi compi me cede hono­ra­ble­mente los produc­tos de higi­ene feme­nina, que los urba­nos proce­den a raci­o­nar como si fuera comida, no vaya a ser que intente suici­darme tragán­dome una compresa con alas.

Y así pasa el día hasta el momento de la cena, otro sand­wich plas­ti­fi­ca­do…



La noche tuvo su punto diver­tido, cuando se produce el cambio de turno viene a visi­tar­nos un Mosso bastante enfa­dado, nos comenta amiga­ble­mente que le hemos jodido su día libre y que por tanto no piensa traba­jar, textu­al­mente dice que no piensa darnos ni agua. Y así fue, aunque en mitad de la noche debió inva­dirle un espí­ritu curri y se entre­tuvo en tirar de la cisterna de nues­tros respec­ti­vos baters, que se encu­en­tran en el exte­rior de las celdas, así como en pasar revista para ver si esta­mos todos, cuando oímos nues­tro nombre debe­mos contes­tar presente en voz alta, madre mía no quiero ni pensar las maca­bras histo­rias que estas pare­des escon­den…

Al rato vienen a sacar­nos de las celdas, nos ponen en fila y nos llevan a un furgón de metal como el que nos trajo hasta aquí, parece que nos tras­la­dan, hoy no hay desayuno.

Esta vez me meten en el furgón con las chicas aunque no pode­mos hablar porque de nuevo se impone la ley del silen­cio, el viaje es inco­modo, espo­sa­das y sin poder agar­rar­nos a ningún lado, de nuevo humi­lla­ci­o­nes, gritos, insul­tos y menti­ras, vuel­ven a decir­nos que el poli­cía agre­dido esta muerto.

Por el camino vemos amane­cer así que esta claro que es lunes por la mañana. Nos tras­la­dan hasta los juzga­dos de Arc del Triunf y una vez allí cuando todos los Mossos, urba­nos, poli­cías y demás protec­to­res de la ley han visto bien nues­tra cara nos enci­er­ran de nuevo en una celda. Cuando hace­mos el pase­í­llo que nos conduce hasta nues­tra celda volve­mos a meter­nos en una pelí­cula, se oyen silbi­dos y piro­pos bruta­les varios, me recu­erda la primera vez que entre en el Medea…

Esta vez hay suerte y no me enci­er­ran sola, voy de cabeza al cala­bozo con mis dos compañe­ras y una pros­ti­tuta rumana muy simpá­tica y muy joven que nos alegra la mañana contán­do­nos sus infor­tu­nios en estas tier­ras del señor.

Por suerte tene­mos un lavabo en la celda así que lo primero es lavar­nos manos y cara, porque since­ra­mente ahora si que pare­ce­mos delin­cu­en­tes, despe­lu­cha­das, sucias, malo­li­en­tes y famé­li­cas, y entre esto y que encima soy la más mayor de los dete­ni­dos, cabe­ci­lla punki de la rebe­lión y novia de Alfre­do… por lo menos que me peine un poco antes de ir a decla­rar.

Ahora esta­mos encer­ra­das con mucha gente en las celdas de alre­de­dor. Hay mucho follón y gritos de unas celdas a otras, así que apro­ve­cha­mos para hablar con los chicos de los que no sabe­mos nada desde que nos encer­ra­ron por primera vez. Nos tran­qui­liza bastante oír sus voces, parece que todos están bien.



Y de nuevo a espe­rar. Nues­tra nueva compañera se distrae ligando con un chico de la celda de enfrente que lleva encer­rado en la cárcel unos cuan­tos años y en unas horas volverá a termi­nar su condena en la prisión donde reside, noso­tras mien­tras apro­ve­cha­mos para parlo­tear.

Pasa­das varias horas nos traen la comida. Esta vez es un boca­di­llo de jamón york y una manzana, se nos saltan hasta las lágri­mas de la alegría, no nece­si­ta­mos agua, tene­mos toda la que quere­mos…

Ahora solo pode­mos espe­rar hasta que nos llamen para decla­rar. Como siguen trayendo dete­ni­das tras­la­dan a la chica rumana a otra celda y nos dejan a las tres solas. Nos senta­mos en la grada y nos abra­za­mos un poco para darnos calor, ánimos y algo de tran­qui­li­dad.

Pasa algún tiempo, se acerca un poli­cía a nues­tra celda y me saca fuera. Pensa­mos que me llevan a decla­rar, las niñas me abra­zan y me desean suerte, pero sólo viene a decirme que han encon­trado hachis en mi abrigo. Otra vez alucino, el tabaco donde supu­es­ta­mente estaba el hachis se quedo en la comi­sa­ría de las Ramblas en el cubo de basura con algu­nas de mis otras perte­nen­cias. No puedo creer que este de nuevo en mi bolsi­llo !!!!!!!

En fin, otra multa más. Al menos me devu­elve el abrigo y lo pode­mos usar para tapar­nos.

Pasan muchas horas hasta que vamos a decla­rar. Por fin vienen a buscarme, me espo­san y me condu­cen por unas esca­le­ras hasta el piso supe­rior que es un hervi­dero de aboga­dos, fisca­les, jueces y dete­ni­dos.

Cuando llega mi abogado me quitan las espo­sas y me meten en una sala donde esta la jueza, el fiscal y algu­nos aboga­dos más de los dete­ni­dos que están con noso­tros. Les pido una bolsita de plás­tico o algo para no sentarme direc­ta­mente sobre la tapi­ce­ría impo­luta de la silla que me ofre­cen, no se en que condi­ci­o­nes están mis panta­lo­nes pero allí donde me siento dejo huella, la marca de la casa…

Me dispongo a decla­rar. Cuento mi histo­ria y mi sorpresa es mayús­cula cuando oigo a la jueza decir que soy una desar­rai­gada, que estuve en Sant Pere con Alfredo agre­di­endo al poli­cía herido y que después tuvi­mos el acci­dente de bici. Insisto en mi versión. No soy okupa, no soy punky y no soy una desar­rai­gada. Hablo también de todos los testi­gos…la jueza esta muy enfa­dada y no cree nada de lo que le digo.

Toma la pala­bra el fiscal que soli­cita prisión hasta el juicio y una pena mínima de dos años, no doy crédito. Mi abogado hace un par de pregun­tas y fin de la decla­ra­ción, me dice que volverá para hablar conmigo cuando este otra vez en el cala­bozo. Nunca más vuelve.

Se me nubla la vista, comi­enzo a tener miedo de verdad y trato de asimi­lar de alguna manera que quizás no salga de aquí.

Cuando termino de decla­rar me pregun­tan si quiero ver al médico del juzgado. Me parece buena idea que alguien le eche un vistazo a mi ojo, así que me dejan espe­rando en un banco. Cuando paso a la sala lo primero que me dice la doctora es que si quiero meta­dona !!!?????, por supu­esto le digo que no, aunque tal y como están las cosas me lo pien­so… vuelvo a expli­carle mi caso, me mira el golpe y de paso le pido una compresa. Fin de la visita.

Cuando regreso a mi celda se me saltan las lágri­mas de terror. Las chicas se portan genial, tratan de tran­qui­li­zarme y darme ánimos, nos abra­za­mos y gasta­mos bromas.

Pasan más horas y cuando me entero de que Alf a vuelto de decla­rar le pregunto como ha ido. Esta­mos jodi­dos, a él tampoco le creen…se nos quitan las ganas de hablar.



Poco a poco vamos decla­rando todos. Es un proceso lento. y en el trans­curso se vacían por completo los cala­bo­zos del juzgado. A medida que pasan las horas se nos escapa el opti­mismo.

Vuel­ven a sacarme de la celda una vez más. Esta vez me llevan con Alfredo a una sala con una rueda de reco­no­ci­mi­ento, allí la poli­cía judi­cial vuelve foto­gra­fi­ar­nos en todas las posi­ci­o­nes posi­bles y desde todos los ángu­los. A estas altu­ras nues­tras fotos deben estar al alcance de cual­quier protec­tor de la ley de la ciudad.



Llega la hora de la cena. Los poli­cías nos expli­can que no tienen comida en el juzgado a esta hora porque es muy tarde y nunca suele haber nadie, noso­tros somos un caso espe­cial. Al final encu­en­tran algu­nos boca­di­llos que sobra­ron de la comida. Les pedi­mos que los repar­tan entre todos, no es justo que solo coma­mos noso­tras.

Hacia las doce de la noche la jueza dicta senten­cia. Un poli­cía viene a buscarme. Las niñas me abra­zan y me desean suerte, han memo­ri­zado un telé­fono para avisar a una amiga sino salgo de aquí, ni siqui­era se si alguien sabe donde esta­mos.

Me llevan ante una mesa y el mismo fiscal que pidió prisión para mí hace unas horas me comu­nica que puedo reco­ger mis cosas y salir en liber­tad con cargos. Debo volver una vez a la semana a firmar al juzgado, sino lo hago se me pondrá en busca y captu­ra…Ni siqui­era le enti­endo cuando me habla, solo quiero salir de aquí.

Dos poli­cías me custo­dian hasta un portón de metal. Abren la puerta y me dejan libre. Cruzo un patio grande, atra­vi­eso otra puerta de metal y me encu­en­tro en la calle. Miro al frente y os veo a todos espe­rando y achu­chando a Alfredo que también acaba de salir… Besos, abra­zos y un montón de cariño. Suspiro de alivio y creo que es el fin de esta terro­rí­fica pesa­di­lla. Nada más lejos, esto acaba de empe­zar.



Solo una cosa más. Mi corte de pelo el más famoso de toda la ciudad. Parece incre­í­ble pero me acusa­ron de homi­ci­dio y poste­ri­or­mente de aten­tado contra la auto­ri­dad por los pelos. Y que yo sepa, el hábito no hace al monje. Pero en fin, el refra­nero es una mierda.



Abuso de poder, agre­si­o­nes físi­cas y menta­les, menti­ras, deten­ci­o­nes ilega­les, malos tratos, estado poli­ci­al… me parece incre­í­ble que pueda formar parte de esta broma asesina porque mi aspecto en este planeta NO ES NORMAL!!!!!! .



El juicio se cele­bró dos años después. Era un juicio polí­tico que de ante­mano ya tení­a­mos perdido. El resul­tado fueron tres años de cárcel.

Actu­al­mente espe­ra­mos la apela­ción en el Tribu­nal Supremo de Madrid.

Segui­mos yendo a firmar cada quince días.



Patri­cia Heras Méndez



font:

http://poeta­di­funta.blogs­pot.com/2009/01/4-f-suce­sos-para-norma­les.html